El trastorno de ansiedad generalizada se caracteriza por la presencia de preocupaciones excesivas ante circunstancias cotidianas, incluso cuando existe poca o ninguna razón para ello. Estas preocupaciones, de carácter patológico, generan una notable tensión emocional que puede manifestarse con síntomas físicos como sensación de ahogo, palpitaciones, presión en el pecho, desasosiego, dolores de cabeza o cuello, irritabilidad y dificultad para relajarse.
Tradicionalmente, estos cuadros no se diagnosticaban correctamente y se atribuían a “personas nerviosas” que se preocupaban en exceso, sin recibir el tratamiento adecuado. Afortunadamente, esta percepción ha cambiado: hoy en día el trastorno se identifica con mayor facilidad y disponemos de tratamientos eficaces y seguros que permiten aliviar el sufrimiento y mejorar el bienestar de quienes lo padecen.
El trastorno de ansiedad generalizada suele desarrollarse de forma lenta, comenzando habitualmente en la adolescencia o juventud. Sus síntomas pueden variar en intensidad, empeorando en épocas de mayor estrés. Es frecuente que las personas afectadas acudan al médico por síntomas como dolores de cabeza o problemas de sueño antes de obtener un diagnóstico preciso. En muchos casos, la terapia cognitivo-conductual, centrada en identificar pensamientos irracionales y modificar conductas disfuncionales, resulta especialmente útil, aunque a menudo es necesario complementarla con tratamiento psicofarmacológico.
