Se considera que una persona tiene un trastorno de la personalidad cuando su forma habitual de pensar, sentir y comportarse se desvía de lo que se considera un patrón adaptativo y genera un sufrimiento significativo, tanto para ella como para quienes la rodean.
Es importante destacar que muchas personas presentan rasgos de personalidad distintos o “peculiares” sin que esto les cause problemas ni interfiera en su vida diaria; en estos casos no hablamos de un trastorno.
Un trastorno de la personalidad se da cuando rasgos normales de la personalidad, llevados a un extremo, provocan malestar, dificultades en las relaciones sociales, problemas en el ámbito laboral o limitaciones en la vida personal. Estas limitaciones suelen ser estables a lo largo del tiempo y se manifiestan en distintos contextos, afectando de manera persistente el funcionamiento general de la persona.
En lugar de centrarnos únicamente en lo que es “normal” o “anormal”, es útil pensar en términos de limitaciones funcionales: cuando los rasgos de personalidad interfieren de forma significativa en la vida diaria, pueden considerarse indicativos de un trastorno de la personalidad.
